Escuchar para proteger: cómo un testimonio infantil rompió el silencio

Imagen mostrada con fines ilustrativos y no representa el tema de este artículo.

Una historia real sobre la transmisión intergeneracional del trauma, la búsqueda de justicia y el difícil camino hacia la sanación.

El silencio como punto de partida

Hay vidas que comienzan en silencio, no porque falten palabras, sino porque nadie está dispuesto a escucharlas. Yo soy la protagonista de esta historia pues crecí en una familia numerosa donde la rigidez, el desorden emocional y la falta de acompañamiento eran la norma. Era la menor de seis hermanos, nacida a finales de los años 70, en un hogar donde la figura materna sostenía todo, pero también colapsaba en la misma medida.

Mi infancia se construyó a partir de recuerdos incompletos: imágenes borrosas, fragmentos dispersos y algunos momentos de alegría, siempre atravesados por un trasfondo oscuro. Durante muchos años, mi memoria hizo lo único que podía hacer para protegerme: guardó los recuerdos del abuso fuera de mi conciencia. No fue olvido, fue defensa. Aquello quedó en silencio, esperando el tiempo, la seguridad y la fuerza necesarias para poder ser nombrado. Sabía desde muy pequeña que el peligro no estaba en la calle —como tanto me repetían en casa— sino en las paredes de mi propio hogar. Mi padre, el hombre que debió cuidarme, fue quien me arrebató la inocencia. El abuso sexual que viví comenzó en silencio, se desarrolló en silencio y, entre mis 5 y 13 años de edad, siguió enterrado en ese mismo silencio.

A los 13 años, una simple clase de educación sexual se convirtió en el detonante para romperlo. Inquieta, temblorosa, le confesé a mi mejor amiga que “mi papá me hacía eso”. Animada por la única persona que me escuchó, me acerqué a la psicóloga escolar. Lo que siguió fue una reacción maternal inesperada: enojo, incredulidad y la exigencia de volver al silencio. Aunque mi madre tomó medidas prácticas —divorcio, acuerdos patrimoniales, una pensión— jamás abrió espacio para hablar de lo sucedido. No hubo una sola palabra de consuelo, protección o cuidado emocional.

Mi padre y mi agresor sexual, increíblemente, continuó viviendo bajo el mismo techo hasta que cumplí los 25 años.

Juventud entre sombras: culpa, confusión y supervivencia

La adolescencia y los primeros años de adultez transcurrieron teñidos de enojo, impulsividad y una constante sensación de no pertenecer. Sin herramientas emocionales, sin red de apoyo y sin terapia, intenté escapar de mi pasado a través del exceso, la velocidad y decisiones que me empujaban una y otra vez al límite.

Viví creyendo que yo era responsable de “romper a la familia”, cargando culpas que no me correspondían y dudando, incluso, de la veracidad de mis propios recuerdos. Fue hasta el nacimiento de mi primer hijo —varón— que experimenté una forma de amar que no me dolía. Ese momento marcó una pausa en mi tormento, un respiro, un punto luminoso dentro de una vida que hasta entonces había sido una lucha constante.

La muerte de mi padre llegó en 2010. Para todos los demás fue un momento de luto; para mí, una liberación interna que viví en silencio. “La vida es irónica”, pensé con una mezcla de alivio y enojo. “¿Por qué él no sufrió? ¿Por qué se celebró su vida como si fuera un hombre bueno?” Sin embargo, esa libertad externa no trajo claridad emocional. En su lugar, mi cuerpo comenzó a cargar el peso del trauma no resuelto que nunca había podido atender. A los pocos meses, fui hospitalizada con una serie de padecimientos graves —entre ellos un trastorno autoinmune— y estuve a punto de morir por las complicaciones masivas que se desencadenaron.

La repetición del ciclo: cuando la historia vuelve por una hija

Años después, ya con una nueva pareja, me convertí en madre por segunda vez. Tenía la esperanza de formar por fin una familia estable. Sin embargo, lo que no sabía es que los ciclos no se rompen solos: se repiten, se transforman y se esconden hasta encontrar una grieta.

Antes de separarse del padre de mi hija, comenzaron a aparecer señales rojas en la menor: infecciones vaginales constantes, irritaciones inexplicables, síntomas que los médicos trataban por separado sin encontrar un origen claro. A mi me sucedía lo mismo, pero lo atribuía al estrés.

La revelación llegó cuando un ginecólogo, tras realizar estudios, confirmó la presencia de varias infecciones de transmisión sexual en mí. Esto activó una alarma: si ambas compartíamos síntomas, algo mucho más grave podía estar sucediendo.

La confirmación, cuando llegó, fue devastadora: mi hija de cuatro años tenía una infección de transmisión sexual.

Por fin escuché a mi instinto, y de inmediato detuve las visitas paternas, busqué ayuda legal y psiquiátrica, y me alejé temporalmente de mi entorno para pensar con claridad. Me desplacé a otro estado, en donde vivían algunos familiares. Ahí encontré abogados con perspectiva de género y una asociación de mujeres que me acompañaron durante las primeras semanas.

Finalmente, a finales del 2021 presenté una denuncia por omisión de cuidados. Sabía que la verdad podía dañarme también, pero era el único camino para proteger a mi hija.

Ese mismo día, mi hija habló. Frente a la psicóloga, frente a la fiscal, frente a su propia madre. Contó lo que su padre le hacía. Con detalle. Con miedo. Con la confusión propia de una niña que solo sabía que debía obedecer.

Al escucharla, y en un estado de shock, reviví mi propia historia: el miedo al regaño, el silencio, la duda.

Cuatro años de lucha: justicia, trauma y resistencia

Lo que siguió fue una travesía emocional, institucional y personal que pocas familias logran sostener. Fueron cuatro años de entrevistas, evaluaciones, audiencias, análisis forenses, declaraciones y noches de insomnio. Cuatro años en los que la niña desarrolló síntomas severos de trauma: terrores nocturnos, hipervigilancia, regresiones, autolesiones, miedo extremo, compulsiones, dificultades para dormir y para confiar. Cuatro años en el que se tuvo que vender los pocos bienes que tenía, para sustentar los gastos de millones de pesos que se requerían para enfrentar a todas las consecuencias.

El 2025 llegó con un veredicto:

Dos décadas y unos meses de prisión para el agresor.

Una sentencia que, más que un triunfo jurídico, representó una declaración social: lo que le sucedió a la niña sí importa. Lo que vivió la madre también.

Sanar: un proceso continuo y no lineal

Después de la sentencia, vino una etapa igualmente compleja: reconstruir. La niña continúa en terapia especializada y ha logrado avances importantes, aunque el trauma se manifiesta en ciclos. Yo, por mi parte, he tenido que enfrentar a mis propios recuerdos y he iniciado un proceso profundo de autocompasión y comprensión del trauma intergeneracional.

Sanar, para ambas, no significa olvidar. Significa entender, nombrar, acompañar, y transformar.

Este testimonio —anónimo, íntimo y traumático— no es solo una historia personal, sino una ventana a una problemática estructural. Es un llamado urgente a madres, padres, educadores, instituciones y autoridades: las señales existen, los cuerpos hablan, los niños dicen la verdad, y la justicia es posible cuando no se abandona el camino.

Mensaje final para otras personas sobrevivientes

Este relato es una invitación a romper el silencio. A confiar en los propios instintos. A denunciar, incluso cuando parece imposible. A creerles a los niños. Y, sobre todo, a reconocer que la oscuridad no es el destino final.

Este artículo no lleva firma con nombre y apellido. Lleva una verdad. Y firma una libertad ganada a pulso.